31.10.05

UBN (VII): Bartimeo

Si aún no lo has hecho, puedes leer la introducción a esta serie y/o el índice de todo lo publicado.

Era una tarde lluviosa de otoño, de esas en que la gente camina deprisa y la calle viste de gris. Empezaba a oscurecer. En una esquina, semiescondido tras una vieja manta, Bartimeo tenía los ojos perdidos en algún lugar que nadie más podía ver. Día tras día se sentaba allí, en aquel rincón, con una taza metálica y un cartón en el que se leía:
HACE AÑOS QUE VIVO EN LA CALLE. SI QUIERE PUEDE ALLUDARME
De lo primero daban constancia los harapos que le cubrían, su demacrado cuerpo y, si uno se fijaba bien, la botella de ginebra que ocultaba entre los cartones. Bartimeo había roto al tiempo con su matrimonio, su trabajo y su salud. Un combinado de alcohol y juego había sido el prólogo de su descenso a los infiernos. Ahora se contaba entre los indigentes, esos a los que los telediarios han puesto el poético adjetivo de desheredados, que no es más que un eufemismo para no tener que decir que su vida era una puta mierda.

Lo segundo era más complicado. La taza de Bartimeo apenas tenía unas cuantas monedas. Esa noche, como tantas otras, dormiría en un portal, entre unos cartones. Y a la mañana siguiente conseguiría algo de comida y una nueva botella en la que ahogar el nuevo día.

Cuando Jesús pasó por delante, Bartimeo gruñó algo. Jesús leyó el cartel y dijo: "Claro que quiero". Después tomó al hombre por los hombros, lo levantó y se lo llevó a casa. Una ducha, cena caliente, cama y ropa nueva.

~o~

Era una tarde de primavera, de esas en que la gente pasea despacio y la calle se deja acariciar por la primera brisa de hojas verdes. Empezaba a oscurecer. El capataz de la obra despidió a los trabajadores. Bartimeo se despidió y se dirigió al pequeño piso que compartía con Erwin, Ronald y Juan Carlos, tres compañeros ecuatorianos.

La vida seguía siendo dura. Aunque bebía menos, Bartimeo no había terminado de dejar el alcohol. El trabajo le exigía todo lo que su cuerpo era capaz de dar. Las tareas más rutinarias, como hacer la compra o la comida, se convertían en pesados retos.

Pero verse a sí mismo limpio, arreglado y entero, mirándose de frente en el espejo, había obrado el milagro. Bartimeo se sentía, de nuevo, dueño de su propia vida. Había recuperado la sonrisa. Había recuperado la dignidad.

Por supuesto que (casi) todo el mérito es del propio Bartimeo. Jesús sólo le tuvo una noche en su casa, al parecer. Fue algo tan suave (una comida, una ducha, una conversación) que resulta difícil calificarlo de milagro. Pero, visto en perspectiva, de lo que fue a lo que es ahora... ¿cómo llamarlo de otra forma?

Y, sobre todo, ¿quién tiene el valor de acercarse al caído y levantarlo?

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Seguimos buscando apóstoles. Si te dejas caer por aquí, suelta alguna sugerencia. Especialmente si suena descabellada.

3 comentarios:

Gummy dijo...

Hola,
Hecho de menos un personaje (tú verás donde lo ubicas), a lo mejor Mateo.
Un "triunfador" de nuestra sociedad: 40 años, puesto de directivo, gerente, encargado de proyecto, abogado de bufete, algo así, de esos que visten trajes caros. Indispensable que tenga solucionado el tema de la vivienda. Como detalle estaría bien que tirase un poco a metrosexual.

Anónimo dijo...

Buen capítulo :)

Vicente Torres dijo...

Hola:
Yo conozco a quien necesita perentoriamente conexión a internet en su habitación de la residencia en la que está internado. Sus amigos pagaríamos la factura la conexión. Llevo en esto muchos meses, llamando a puertas importantes. Estoy a punto de desistir y eso que se trata de una cosa fácil.
Saludos,