20.6.06

El Maestro y su discípulo caminaban al atardecer, discutiendo sobre la vida. Dijo el Maestro:
-- Hoy vas a aprender algo. ¿Ves aquella casa en la colina? Acércate y observa. Mañana vuelve y cuéntame lo que has visto.

El discípulo hizo como le había sido indicado. Fue, observó y volvió con su Maestro.
-- ¿Qué has visto? --preguntó el Maestro.
-- En la casa vive una familia pobre. Su única posesión es una vaca que les da leche con la que comercian en el mercado del pueblo. Con eso y algunos trabajos de temporada van saliendo adelante con muchas dificultades. Sin embargo, parecen muy felices.

El Maestro sonrió y dijo:
-- Muy bien. Esta noche, vuelve a la casa y, cuando sus dueños duerman, empuja a la vaca por el acantilado.
-- ¡Pero Maestro!
-- Haz lo que te digo.

El discípulo, apenado, obedeció. Se acercó a la casa y arrojó la vaca por el acantilado. Después, completamente avergonzado, abandonó a su Maestro y marchó lejos, perseguido por el remordimiento de haber quitado a aquella familia su modo de vida.

Dos años más tarde sucedió que el discípulo, en un viaje, pasó de nuevo por aquella región. La vieja casa de la colina había desaparecido. En su lugar se alzaba una construcción más nueva, grande y luminosa.

El discípulo se sorprendió de aquello y se acercó a la nueva casa. Llamó y le abrió un hombre joven de amplia sonrisa.
-- Buenas tardes --dijo.
-- ¡Hola! Disculpe mi curiosidad, pero... ¿qué ha sido de la familia que vivía aquí hace unos años?
El hombre sonrió y dijo:
-- Somos nosotros. Hace dos años vivíamos aquí mismo en una casa más pequeña. Un día nuestra vaca se escapó y se despeñó por el acantilado. Al principio estábamos muy tristes, pero había que salir adelante. Yo me hice carpintero, y la verdad es que me ha ido muy bien: he construido esta casa con mis propias manos. Mi mujer es tejedora y ha puesto un pequeño negocio de vestidos. El caso es que, en el fondo, fue una suerte que perdiéramos nuestra vaca, porque eso nos hizo esforzarnos más y salir adelante.

Muchas veces --contaban como moraleja, en el Maratón de Cuentos de Guadalajara-- sólo necesitamos que alguien dé un pequeño empujón a esas vaquitas que llevamos dentro.

7 comentarios:

Lucas dijo...

Estuviste en el Maratón... que envidia...

Lucas dijo...

Ah! Y mucho ánimo... que creo que ahora te toca aprender a ser carpintero...
Ya me contarás delante de una cerveza fría.

holbeist dijo...

¡Qué miedo me da esta parábola, maestro! Miedo de verdad.

Gummy dijo...

Eso cuándo fue? andaba dormido o me había vuelto a casa? Yo no recuerdo nada aparte de Chuck y el Especial Pek2

Gerthalas dijo...

Desde la cercana Madrid envidio la posibilidad de haber estado en el maratón. Espero que hayas disfrutado por todos nosotros. Es un evento tan estupendo... lástima que los exámenes no nos dejen haberlo experimentado un año más!

Ediren dijo...

Bonito cuento ^^ Vas a poner más? *cruza los dedos para una respuesta afirmativa*

Ah, y lo de la doble cuenta atrás era por los exámenes y por mi cumpleaños ^^UU

jos dijo...

El entrenador de la selección de Ecuador regaló un libro que contenía esta parábola a cada jugador, técnico y utillero del equipo. Y han conseguido el mejor resultado de su historia en un mundial.